Cuando el entrenador te pide que entres en un 23-22 para resolver el partido.

Estoy sentado en un banquillo de un pabellón deportivo como suelo hacer cuando el entrenador del primer equipo me lleva a sus partidos. Yo suelo jugar en la sub 16 y sub 18 pero nunca he jugado con el primer equipo. 

Es la final de la Coppa Italia Serie B, la segunda copa nacional, cuyo ganador, a parte de proclamarse campeón, tiene acceso a la Final Eight de Coppa Italia, hablamos de los 8 mejores equipos de la Superlega italiana.

Yo soy el tercer colocador. Tengo 15 años y 10 meses, no espero mas de esa noche.

De hecho, es un miércoles por la noche y mis padres hubieran preferido verme en casa estudiando en lugar de a 500km de allí “perdiendo el tiempo sentado en un banquillo”. Yo, sin embargo, tengo el privilegio de poder ver y calentar con dos colocadores TOP, que me tratan como un compañero más, y esto me hace sentir bien y me motiva a seguir. Solo llevo 3 años jugando al voleibol y me siento muy cómodo practicando este deporte. 

Ganamos el primer set con cierta facilidad aunque somos conscientes de que el adversario nos llevará a jugar 2 horas de partido. Durante el segundo set, el primer colocador cae mal después de un bloqueo y un esguince le impide seguir. Entra el segundo colocador justo cuando faltaba 1 punto para terminar de ganar el set, que nos llevamos.

El tercer set es un monólogo de los adversarios, que reabren el partido. Durante el descanso, el entrenador se lleva a un lado al colocador, dejando el grupo en manos del capitán. Yo intento estar en ambas charlas pero me quedo más hacía el entrenador. Escucho frases de motivación, el mister le anima a buscar a los rematadores que están más en forma y seguir sintiendo el ritmo debajo de sus dedos, sin jugar pensando mucho en los números.

Mis compañeros entran al campo muy motivados, aún así parece que el colocador se haya quedado en el banquillo, a mi lado, o a 1000 km de allí. Los adversarios nos meten un 0-5 cuando el entrenador llama un tiempo muerto. Yo me quedo mirando los ojos del colocador, intentando buscar una conexión. Creo tener una sugerencia para él pero la diferencia técnica y de experiencia me impide hablar. Cuando ya están entrando al campo algo me empuja hacia él diciéndole que veo que los adversarios están defendiendo principalmente hacia zona 1 y que el central que está ahora adelante prefiere no ir al bloqueo de nuestra zona 2, centrándose en bloquear a 3 y 4.

Él me sonríe, parece que acepta el comentario pero es consciente de que viene de un niño. Sin embargo, los siguientes puntos nuestros vienen gracias a 2 remates del opuesto y una corta atrás del central, para llegar al 7-7 con una finta del mismo colocador en zona 4 adversaria.

Estamos de nuevo allí.

El entrenador adversario llama un tiempo muerto más para romper nuestra racha que para dar consejos, y lo consigue. Fallamos el saque y volver a empezar.

Nos ponemos delante hasta el 18-15 antes de un nuevo tiempo muerto. Nuestro mister anima a los jugadores a dejarse la piel para no llegar al quinto set, sugiere aprovechar de que en esa rotación los adversarios tienen un bloqueo débil para intentar jugar con él, así como remarca de que en ese momento tenemos un bloqueo fuerte adelante y tenemos que seguir así. Llegamos hasta el 23-18 y son todas risas en el campo. Parece que nos llevamos la copa, sin ser los favoritos ni de lejos. 

Antes del partido escuchaba a los compañeros hablar de cómo hubiera sido jugar contra los grandes de la Superliga, bromeando sobre el número de puntos que podíamos llegar a hacer en cada set y cuál habría sido la duración del partido.

La desconexión llegó demasiado pronto. En un pestañear los adversarios se ponen 23-22 gracias más a fallos nuestros que por méritos propios. El entrenador llama un tiempo muerto y parece que no solo el tiempo está muerto, sino que todo el equipo sea un grupo de fantasmas. De repente el miedo se había apoderado de todos. El entrenador parece pensar que no puede resucitar a los 6 en 30 segundos pero quizás puede despertarlos realizando una jugada de locos: cambiar el colocador por mi! Todos se quedaron boquiabiertos, por supuesto.

El entrenador les pide a todos que me echen una mano y que confiaran en mí. Mientras decía esto, yo apenas me había enterado de que con 15 años y pico iba a entrar en una final de Copa con un 23-22 en el marcador.

Pensándolo ahora, más de 20 años después, me entran escalofríos, y efectivamente, la entrada en el campo recuerdo que fue muy complicada porque me temblaba muchísimo la pierna derecha. Una vez en posición, todo se tranquilizó. Sin embargo los adversarios ven que todo el equipo está paralizado y el saque es un ace brutal. 23-23. En ese momento veo a todos los compañeros venir hacía mí como para animarme, tranquilizarme.

Yo apenas me daba cuenta de nada en ese momento. A distancia de años, entiendo que ellos, de esa forma, se estaban animando a ellos mismos, a la vez que preparándose para recibir muy bien para que la pelota me llegara en las manos. Así fue. El primer balón es una corta atrás para mi central. 24-23. Parecía como si hubiéramos ganado el partido. Entiendo que nadie se esperara mucho de mí en ese momento y entiendo los nervios del momento, pero de verdad nos estábamos quedando sin suficientes energías mentales para seguir jugando el set. 

El siguiente balón lo mando hacía 4 y el bloqueo adversario nos gana. 24-24. En ese momento parece que toda la energía positiva está en el otro lado del campo. Yo miro a mis compañeros para marcar la jugada y veo un desierto con estatuas de sal. Sigo en mi línea de intentar jugar pensando en las debilidades adversarias y le doy un balón al opuesto que realiza el 25-24. Ahora estoy delante, solo tengo 2 rematadores. Enfrente tengo 3 bloqueadores, con el central fuerte esperando a ver qué jugada voy a hacer. La mente me dice que meta un balón alto a 4 y “que otros se encarguen de resolver esto”. El corazón me dice de pedir a mi central ir a rematar a zona 2 imitando una fast. Pero no hace falta. Después de nuestro saque y de la rece adversaria, el colocador manda un balón alto hacía 4 y “que otros se encarguen”.

El receptor busca mis manos para un blockout pero no sabía que a mi me encanta bloquear. Mi mano externa ya está posicionada hacia el interior del campo. El remate es lento, débil. Choca con mi mano cuando ya no podía más estar en el aire, justo a tiempo de caer perpendicular al suelo, sin posibilidad de que alguien llegara al apoyo. Es 26.-24. Ganamos.

En ese momento recuerdo quedarme con el brazo derecho estirado unos segundos más después del pitido del árbitro, como para evitar tocar la red, como si mi cerebro estuviera aún centrado en el partido. Después, mis compañeros levantándome y llevándome en volandas por el campo. 

Hubiera querido compartir este momento con mi familia, mis amigos, pero me di cuenta de que nadie hubiera podido entender qué significaba para mi este deporte y el rol de colocador como yo mismo.

La fiesta continuó toda la noche, en el bus de vuelta. Mi entrenador me llamó a un lado para felicitarme y hablar de voleibol.

Fueron 5 horas de viaje y hablamos durante 4 horas y media sobre tácticas, jugadas, responsabilidades, visión periférica, lectura, etc.

No había tabletas ni programas para volver a ver las jugadas, no había móviles para subir fotos del momento. Solo contabamos con nuestros propios recursos: atención, concentración, memoria, esfuerzo.

Esa experiencia ha marcado para siempre mi carrera profesional, que me ha llevado hasta la concentración italiana sub 18 de voleibol durante un torneo de clasificación para la Eurocopa de categoría y a varios años en categorías nacionales con diferentes clubes. Sin perder de vista nunca el objetivo, que era jugar divirtiendome, dediqué mucho tiempo a aprender de los mejores con los pocos recursos que había, afinando la técnica, mejorando mi capacidad de comunicarme con los compañeros y reforzando mi físico para aguantar tanto estrés durante 2 horas de partido.

Solo un accidente pudo con mi físico, pero no con mi mente.

Hoy, pues, entreno para que otros jugadores y jugadoras puedan sentir esta pasión, esta chispa que les indique que ese deporte es de verdad algo que quieren y no solo una actividad extraescolar o algo que nos ha recetado el médico.

“Puedes llegar muy lejos si te lo propones” es una frase muy bonita, pero no siempre es así y a la primera dificultad la mayoría se echan para atrás. Yo añadiría que “Puedes llegar muy lejos en algo que realmente te gusta, te motiva, te apasiona, si te lo propones”. 

Hasta el miércoles que viene.

Un abrazo