Llorar solo en un vestuario cuando te enteras que no volverás a jugar nunca mas..

En el mail de la semana pasada (puedes volver a leer la niusleta aqui) te comenté de que este iba a ser probablemente el email más personal e intimo que iba a compartir sobre mi vida.

Creo que estas lineas podrán ayudarte a comprender muchas cosas de la vida, sobre todo cuando todo parece ir mal y no vemos la luz al final del túnel.

Mi época anterior al voleibol

Si has visitado ya la web de este proyecto (www.ninoversace.com), igual creerás que detrás de este ordenador hay un ex jugador profesional de mucha experiencia, que ha salido del cuerpo de su madre con los antebrazos en posición de rece.

En realidad, como te comentaba en mi primera niusleta (puedes leerla aquí) , antes de aterrizar en un pabellón deportivo he pasado por una piscina (con 8 años tenía que coger un bus para ir a nadar a 40km de mi casa) y por un campo de fútbol. Experiencias de las que aún recuerdo algo, si bien cada vez me cuesta más poner a fuego estos momentos, o es que no quiero pensar que hayan pasado muchos años desde entonces.

Del periodo como nadador, recuerdo los momentos antes de montar en el bus. Era uno de los 20 chicos y chicas que pertenecían a un club de natación del pueblo, que pero no tenía piscina (un poco como la historia de los jamaicanos compitiendo con el bob).

Si lo piensas, con 8 años te ibas 2 veces a la semana de excursión con los amigos y amigas; era toda una aventura. El viaje duraba más o menos 1 hora, y luego nos pasábamos 3 horas entre piscina y descansos. La piscina se encontraba en un hotel de lujo, con lo cual podías disfrutar de un sofá cómodo, de revistas gratuitas que abrías solo porque eran gratuitas y de una máquina expendedora de porquerías que atacaba en lugar de comerme el bocata de mamá (el bocata lo podía conseguir siempre, las porquerías estaban vetadas y además creo que esa fue la primera máquina expendedora que vi, ya que en el pueblo no había).

No se me daba mal nadar, incluso llegué a una final regional y gané, por la felicidad de mis padres y mis tíos en la grada. Pero yo no era feliz. No había encontrado mi lugar en el mundo.

Mis padres sí que eran felices. Mi padre aún me recuerda que si hubiera seguido con la natación estaría mucho mejor físicamente e incluso a saber si hubiera ido a las olimpiadas. Padres, tus primeros fans.

De la época siguiente, la de mi primer encuentro con el fútbol federado ya te hablé en la anterior email, así que te ahorro este paso.

Mis inicios con el voleibol

Fue solo a los 14 años cuando me acerque a este deporte. Recuerdo que en el pueblo, un día de verano, llegaron un par de camiones enormes que descargaron un montón de material deportivo. Iban a organizar un evento patrocinado por una famosa empresa de refrescos de cola, incluso iban a retransmitir el evento con una radio (nada de redes sociales entonces). El evento constaba de 3 torneos: uno de baloncesto, uno de fútbol playa y uno de voleyplaya.

Habrá sido por la multitud de gente que vino al evento (algo inesperado en un pequeño pueblo sin ningún atractivo), por el buen ambiente, la música y el nivel de los y las deportistas, pero a mí esta semana me marcó para siempre. Si además le añades que la selección de Italia se jugaba las olimpiadas durante el mismo periodo, podrás imaginar cómo de repente un niño de 14 años se imagina dentro de 4 años jugando los mismos juegos.

Vamos, de un pueblo que huele a pescao hasta las olimpiadas el paso es muy corto.

El voleibol se me dio bien desde el principio. Otros amigos que se apuntaron tardaron más en aprender, lo normal, pero cómo éramos pocos y necesitábamos 8/10 jugadores para empezar la liga, espabilaron pronto.

Ayer como hoy, el voleibol ha sido y será siempre un deporte practicado prevalentemente por mujeres, pero esto no me echó atrás, al contrario. Recuerdas cual era mi reputación con el fútbol? Pues bien, en voleibol no tenía competencia alguna, se me daba bien y la gente empezó a animarse, viniendo a los partidos.

Los siguientes 10 años fueron un sin fin de emociones, positivas y negativas. Nuevos amigos, entrenadores muy queridos y otros odiados, miles de KM por todo el país, 4 duros en el bolsillo pero tanta felicidad.

He salido de un pueblo pequeño para ir a jugar en equipos grandes, incluso he estado en la selección juvenil, a lado de auténticos monstruos del voleibol; he chupado mucho banquillo pero he aprendido un mogollón, en lo deportivo y en lo personal.

Resulta que no puedes ser felices para siempre aunque luego sale alguien que te dice que “la felicidad es convertir tu pasión en un trabajo, para no trabajar nunca más”

Caer rápido, levantarse lento

Cuando pasas la época de adolescente, donde todo te pertenece y nada es responsabilidad tuya, te enfrentas a la primera realidad que la vida te pone: debes empezar a crear tu propia carrera profesional para ser independiente, crear una familia, ir al Ikea los sábados etc etc.

Pues bien, a mi no se me daba mal estudiar, aunque tampoco era un genio. Solía utilizar una estrategia que hoy en día recomiendo sin preocupaciones: trabaja bien tu actitud y nivel de estudios durante los primeros dos meses del curso escolar, para que los profes te consideren un buen chico, que estudia y no crea problemas. Si lo piensas bien, los profes se enfrentan cada día a 25/30 alumnos, y aunque en sus sueños la idea es atender a todos de la misma forma, en la realidad esto nunca pasa. Un poco como para los entrenadores.

Si le ahorras trabajo extra al principio, este profesor te “etiqueta” , te pondrá un traje que se te quedará pegado durante todo el curso, aunque tu nivel baje increíblemente.

Ahora piensa un momento en tu experiencia escolar y como jugador y/o entrenador, y dime si no te ha pasado alguna vez esto, a ti personalmente o a otras personas cercanas.

Cuántas veces vemos un entrenador dejar en el campo aquella jugadora que en septiembre era la mejor pero que en diciembre no vale ni para secar el taraflex? Porque pasa esto?

Porque nunca tendrás una segunda oportunidad para crear una buena primera impresión

Es algo que ocurre en nuestro cerebro, no se hace con mala fe pero ocurre. Amen.

Como os decía, tenía que decidir entre seguir estudiando para encontrar un trabajo o mantener el nivel de intensidad de entrenamientos y juego con el voleibol, que me quitaba algo como 3 horas al día más los partidos, que a veces eran a 1000km de distancia.

Mis padres, como sabes, me veían más como nadador, y por supuesto mi continuación com jugador de voley estaba sujeta a mi rendimiento escolar y luego universitario.

Yo nunca habría dejado este deporte.

Así que empecé a alargar los días, llegando a estudiar por las noches, de vuelta de los entrenamientos, y eso que volvía a casa sobre las 12.

Unas horas más y a las 7 el despertador que me avisaba de que tenía que ir a la Universidad. Pero no una que estuviera a lado de casa, sino al otro lado del estrecho. O sea, que si tu vas a la uni en bus o en tren y te parece molesto, piensa en mí teniendo que ir a la uni en…Ferry! Todos los días, con sol y con tormenta, a veces sin poder ir porque se suspendía el viaje por el mal tiempo y perdías el examen.

Mantuve este ritmo de 19 horas despierto/5 en estado vegetal durante 2 años. Tenía 20, que fuerza entonces. Si tienes ahora esta edad, aprovecha todo lo que puedes esta energía, es el pico más alto de energía que tendrás en la vida.

Un día de Marzo, teníamos el último partido de la liga regular fuera de casa. Íbamos primeros y el destino nos puso en frente a los segundos clasificados, a 2 puntos de nosotros.

Hacía mucho frío. Recuerdo el viaje en bus con mantas y unos cuantos resfriados. De hecho íbamos 8 jugadores en total, libero incluido, porque otros 4 tenían gripe.

Este día no iba a jugar de colocador porque nos faltaban los centrales, y yo, que me manejaba bien en bloqueo y sabía leer los colocadores adversarios, era la primera opción para estos casos. Siempre acepté las decisiones de los entrenadores. Todo para el equipo.

El segundo colocador es buen amigo mío, incluso hoy, a distancia de mil años y 3 mil km de distancia. Llevaba unos cuantos partidos sin tocar balón y se notaba en su rostro la presión. Yo traté de calmarlo y hasta recuerdo que le dije:

El primer remate, dámelo a mi, que le pego una leche y se quedarán flipando cuando vean que voy a jugar de central

Nos reímos un rato, pero luego, cuando empieza el partido, el tío va y me da el primer balón del encuentro.

No recuerdo muy bien qué pasó después, solo que tuve que realizar un movimiento extraño para buscar el balón, que se me había quedado atrás.

Al caer, apoyé mal los pies y todo el peso de mi cuerpo, que son 100kg, se me echó en la espalda.

Caí al suelo y no noté absolutamente nada. No sentí nada, solo que no podía moverme, no conseguía levantar las piernas.

En un principio nadie me hizo caso, hasta el jugador adversario estaba esperando para sacar. Pero finalmente se dieron cuenta de que no era un simple golpe cuando me vieron llorar.

El viaje en ambulancia fue de los más silenciosos que hice en mi vida. Mira que viajé mucho en coche y bus durante mi carrera deportiva y siempre había algo de qué hablar.

En estos momentos no encontraba las palabras, y en frente tenía un enfermero con pocas ganas de trabajar un domingo por la tarde.

Esta noche la pasé en este hospital, lejos de casa y de mis padres, que a la vuelta me recordaron cómo hubiera sido mejor seguir nadando, como no.

A la vuelta, las pruebas indicaban lo peor: me había aplastado dos vértebras e incluso descubrieron que tenía una mal desarrollada.

Desde hoy te puedes olvidar del voleibol. Puedes hacer vida normal si haces ejercicio y te mantienes en forma, pero desde luego olvídate del voleibol

Otro viaje en silencio, de los que no se olvidan, en coche desde el hospital hasta casa, con mi padre. Supongo que en este momento el también se sentía incómodo, impotente por no saber qué decir. Yo prefiero que no se diga nada en estos momentos, que no es como en las películas. Prefiero que esté, simplemente que esté.

Los días siguientes fueron muy duros. No quería ver una pista de voley ni en fotos, que por supuesto eliminé de mi habitación. Delante de mí, 6 meses de rehabilitación y un sin fin de puntos de interrogación.

Por fin, decido ir a ver mis compañeros durante un entreno. Les saludo, me quedo de pie un rato mirando, luego me voy al vestuario para soñar con estos años estupendos que viví.

Lloré.

Había caído.

Era esta la caída de las que muchos libros hablan. Yo pensaba más en un examen que sale mal o una novia que te deja por otro. No. Esta es de las peores leche que te puedes dar. Que tengas que dejar de hacer lo que más te gusta en la vida.

Una caída muy rápida, que no tienes ni el tiempo de enterarte.

Levantarse no ha sido fácil. He tardado 4 años en volver a una pista de voleibol, esta vez para echar una mano a un amigo entrenador.

El resto es historia más o menos reciente, que me ve cada día trabajando y esforzándome duro para que otros jugadores puedan disfrutar de este deporte, siempre teniendo en cuenta que el deporte nos ayuda a crecer como personas en la sociedad y no se trata solo de ganar o de perder.

Esto es todo por hoy.

Se que me he alargado mucho pero es que son muchos años ya.

Te espero la próxima semana para hablar, esta vez si, de voleibol!

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